
¨Hogar dulce Hogar”, anuncia un letrero a la entrada de muchos hogares y a fuerza de repetición sistemática y constante, se ha introducido en el imaginario colectivo como una verdad irrefutable.
El hogar debería ser pues, un lugar apacible, de amor y ternura; de paz y sosiego para la pareja, de ternura y alegría para los niños, de respeto y veneración para los abuelos.
Sin embargo, por acciones violatorias entre los diversos miembros de la familia el hogar se convierte para algunos, en un lugar de agresión y violencia, de lágrimas y gemidos, de terror permanente. Según estadísticas del CONAMU, en el Ecuador, seis de cada 10 mujeres son víctimas de algún tipo de agresión.
Y en las mujeres de escasos recursos tiene mayor incidencia la agresión a sus más elementales derechos, doblemente lastimada: por ser mujer y por ser pobre.
La violencia e inseguridad en el hogar, en innumerables casos, se reproduce en la sociedad a través de aumento de niñ@s en la calle, formación de pandillas juveniles, bandas delincuenciales de suma peligrosidad y los sicarios como máxima perversión de la agresión pública.
La lucha contra la violencia debe empezar en nuestros hogares. Nunca más una mujer golpeado, un niñ@ agredido, un abuel@ maltratado, que nadie atente contra nuestra seguridad física, psicológica, o sexual.
La inseguridad generada en casa debe dejar de ser algo privado y ser atendido por el Estado y organismos seccionales como un problema social, de género y de salud pública.
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